Desde la perspectiva del Humanismo Universalista, la propuesta de Benjamín Netanyahu para nominar a Donald Trump al Premio Nobel de la Paz no es solo una decisión políticamente polémica: es, sobre todo, una expresión de una distorsión ética que vacía de contenido las palabras «paz» y «mérito».
En un mundo convulsionado por conflictos, polarización y retrocesos democráticos, el Nuevo Humanismo invita a colocar en el centro la dignidad humana, el rechazo a la violencia en todas sus formas, y la construcción colectiva del sentido de justicia. Desde esa cosmovisión, la paz no es un resultado de pactos geoestratégicos, sino de la erradicación estructural de la violencia —física, económica, racial, ideológica— y del cultivo del diálogo como herramienta transformadora. Y bajo ese prisma, la candidatura de Trump resulta inadmisible.
Paz como simulacro
Netanyahu argumenta que Trump merece el Nobel por su papel en los Acuerdos de Abraham, que normalizaron relaciones entre Israel y varios países árabes. Pero ¿es eso suficiente para hablar de paz? Si no se aborda la raíz de las injusticias, si se ignora la ocupación, el apartheid institucional y el sufrimiento del pueblo palestino —que siguen sin resolverse y cuya situación se agrava año tras año—, cualquier pacto se convierte en una puesta en escena diplomática al servicio del poder.
Desde el Nuevo Humanismo, la paz no puede construirse sobre el silenciamiento de los oprimidos ni sobre la lógica de beneficio geopolítico. ¿Dónde quedan los derechos de los desplazados, los bombardeados, los excluidos? ¿Dónde la voz de quienes no fueron convocados a la mesa?
El riesgo de trivializar los valores
El Premio Nobel de la Paz, aunque ya cuestionado en otras ediciones por premiaciones contradictorias, sigue siendo un símbolo. Nominar a Trump —con su historial de políticas excluyentes, declaraciones xenófobas y apoyo a medidas militaristas— no representa una “apertura de criterios”, sino una peligrosa trivialización del concepto de paz. La paz no es una herramienta de marketing político ni un trofeo de vanidad.
Desde una perspectiva humanista, cada acción política debe evaluarse por su impacto sobre la dignidad y la vida de las personas, especialmente de aquellas más vulnerables. Y en ese análisis, las políticas de Trump, tanto internas como externas, han exacerbado el conflicto, la división, y la legitimación del odio.
El Sur global y la ética de coherencia
El Nuevo Humanismo insiste en que no puede haber paz sin coherencia ética. En momentos donde el Sur global busca espacios de reconstrucción del sentido político —como el BRICS, el reordenamiento postcolonial, o los movimientos por democracia real—, actos como esta propuesta refuerzan el cinismo de la diplomacia clásica.
No se trata de rechazar por identidad ideológica, sino de levantar estándares mínimos: ¿defiende la paz quien militariza fronteras, criminaliza migrantes, abandona tratados internacionales sobre medioambiente o derechos humanos?
Desde el Humanismo Universalista, nominar a Trump no construye paz. La boicotea
Reclamamos un Premio Nobel que eleve ejemplos de reconciliación, desobediencia no violenta, justicia restaurativa y defensa genuina de los oprimidos. Porque si la paz se convierte en herramienta de propaganda, entonces todo está permitido. Y eso, precisamente, es lo que el humanismo combate: la normalización del absurdo disfrazado de diplomacia.



